BLOG (1)

Abre la Puerta nº 40 con José María Doria: “El camino de vuelta”

 

Extracto de Las 40 puertas.
Un camino hacia la inteligencia transpersonal y el mindfulness

José María Doria

El camino de vuelta es una metáfora dirigida a quienes han atravesado las primeras etapas de vida desde un ego inconsciente y, de pronto, son visitados por una cadena de acontecimientos con sabor a pérdida. Quienes se encuentran en este punto atraviesan una no casual «catástrofe» por la que, sin darse casi cuenta, quedan matriculados en una inesperada aventura: en el gran juego del despertar o camino de vuelta a casa. Se trata de un «momento frontera» a partir del cual se desencadenan una sucesión de sincronías en las que pareciera que todo conspira para reorientar sus vidas hacia lo profundo de la esencia.

girl-843076_960_720
Nos gustaría vivir en un mundo sin pérdidas inesperadas y, sin embargo, observamos que, conforme aprendemos a sostener «lo que hay» como asignatura clave de la universidad de la vida, comprendemos que el dolor tiene sentido y lo asumimos desde la aceptación y la presencia. Más tarde, y según seguimos comprendiendo, disolvemos las resistencias al mismo aceptando que la vida fluye entre el placer y el dolor, y que su sinuoso camino es una auténtica gincana de la consciencia.

El hecho de aceptar lo que sucede no es algo tan simple como pueda serlo la estéril resignación que nace de la cabeza. Bien sabemos que la verdadera aceptación tan solo es posible al dejarnos encontrar por «eso» que late muy dentro del corazón, eso inefable que no se altera ante las olas de nuestra periferia.

En el camino de vuelta, y tras la cadena de pérdidas que han logrado desprender variados apegos e identificaciones, se sabe que nadie va a liberarnos de las carencias que muerden en lo íntimo de nuestra sombra psicológica. No tenemos escapatoria, no hay otra que reconocer a esta, aceptarla e integrarla. No hay pareja leal ni hijos idealizados que logren taparla. No hay amigos ni cuenta bancaria que nos libere de lo que esa inteligencia de vida

pone puntualmente en nuestro camino para confrontar las raíces de nuestra sombra y despertar la conciencia.

Comprendemos que el anhelo de mantener el corazón abierto a la acción amorosa convive con las miserias cotidianas de nuestra naturaleza. El trabajo de «aprender a vivir» es entonces entendido como un arte, un arte cuyo doctorado se alcanza no solo por el número de años vividos de forma consciente, sino también por la inesperada acción del Misterio, una dimensión incognoscible y transpersonal que permite a las flores abrirse y a las estrellas reinar o ser engullidas por un agujero negro que, sediento, se las traga.

En el camino de vuelta, el alma ya madura bendice todo lo vivido atrás por erróneo y torpe que parezca. La serenidad y la compasión recién afloradas abrazan toda forma de vida, sin la carga de aversión y fascinación que nos precedió en los tiempos en que reinaban omnipotentes nuestras creencias.

Cuando recorremos el camino de vuelta y queremos conocer la flor, ya no necesitamos poseerla y diseccionarla en el laboratorio de nuestra cognición más avanzada. Sabemos algo más de cómo captar su belleza desde una visión apersectivista en la que el vacío es plenitud y la alegría sutil carece de causa.

En el camino de vuelta, la vida es vivida tal cual viene en toda su plenitud; el alma ha aprendido a discernir entre el dolor y el sufrimiento como «lección estrella». Por fin se ha comprendido que la resistencia, la dramatización y el enfado ante el dolor eran precisamente las causantes del sufrimiento y la ceguera. Se comprende con claridad que el dolor en sí mismo es natural y forma parte del juego de nacer a la vida encarnada. Aquellos primeros dientes que salían con llantinas, las distorsionantes hormonas de la adolescencia, las primeras traiciones, los desconsuelos y la inevitable carrera de pérdidas. Todo un rosario de contracciones que, junto a una cadena de goces expansivos, dejan frutos de maduración y capacidades insospechadas.

El ser humano en el camino de vuelta aprende a ser flexible y no resistirse, porque algo en sus adentros ya sabe de qué va la cosa. Y cuando la pérdida llega proponiendo observación y desapego, la inteligencia transpersonal no tarda en aportar sentido a lo que su- cede y disfrutar de la calma que aporta el puro darse cuenta. Con profunda humildad, se atraviesan los umbrales más oscuros, porque incluso en la máxima oscuridad llegan al ego reflejos sutiles de una luminosidad tan profunda que ni se oscurece ni apaga.

highEl alma, en su camino de vuelta, relativiza al ego o nivel persona con tanto esfuerzo construida. Los pensamientos se han tornado detectables y, mientras la mente piensa, la consciencia sabe que estos tan solo son visitantes que entran y salen como manojos de ideas. Sucede entonces que eso inmutable y absoluto que observa, en olea- das, se nos revela. Se trata de momentos en los que captamos el arraigo quieto e inafectado que late en el meollo de la esencia.

Comprendemos pronto que la oscuridad no existe, y que es tan solo ausencia de luz en etapa transitoria. Observamos también que las estrellas brillan aunque haya nubes en el cielo que opaquen la transparencia. El amor sin causa crece y el miedo se atenúa. Es entonces cuando el corazón revela lo sagrado que constituye nuestra esencia y aporta sentido al sinuoso camino de vuelta.

 

¿Quieres saber de qué trata el libro Las 40 Puertas? Mira el siguiente vídeo 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *