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Decálogo de la Educación Mindfulness Transpersonal

El camino de la educación mindfulness ha llegado en los últimos años a confluir en una gran avenida que está extendiendo en escuelas y hogares la cultura de la quietud, la observación, el silencio y la compasión. Nos llena de entusiasmo contemplar cómo la aplicación de mindfulness al mundo educativo está posibilitando que el sueño de acercar la meditación y otras prácticas introspectivas a un gran número de niños se esté convirtiendo en una realidad, asentando así los cimientos de un necesario salto de conciencia en el ser humano.

La clave de este reciente y oportuno despertar de conciencia parece ser tanto la acumulación de evidencias científicas sobre el resultado de estas prácticas, como una presentación laica, actualizada y divertida que diluye las resistencias hacia el posible adoctrinamiento a través de la referencia a creencias míticas y religiosas contra las que consiguió emerger el nivel de conciencia racionalista propio del contexto educativo actual.

Mindfulness desarrolla así una espiritualidad próxima al cultivo interior y suficientemente distanciada del budismo zen que la originó. Conserva en esta integración de la educación y psicología occidental la esencia de aquellos principios que mantienen un frescor perenne por la certeza con la que señalan hacia la salida del laberinto del sufrimiento humano.

En las épocas de mayor abundancia y prosperidad es cuando mayor es el hambre de una felicidad auténtica, ya que es cuando nos damos cuenta de que nada de lo obtenido externamente otorga la plenitud, más allá del hecho de tener las necesidades básicas cubiertas.

Desde la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal aportamos nuestro propio enfoque en este contexto de búsqueda de nuevos paradigmas educativos: el de la Educación Mindfulness Transpersonal; este enfoque hace una aportación significativa al señalar hacia la realidad esencial del observador, un ancla interior de identidad que resulta enormemente clarificadora para el desarrollo del niño.

 

INFÓRMATE SOBRE NUESTRA FORMACIÓN EN EDUCACIÓN MINDFULNESS

 

Así como el “yo auténtico” no tiene forma y es pura observación, reconocemos y validamos una “forma de ser” que resulta auténtica cuando brota del ser liberado de máscaras y corazas de protección que tienden a deformar la identidad. La Educación Mindfulness Transpersonal nos lleva a recordar lo que en realidad somos, a la vez que confía en la necesidad de desarrollar un ego maduro, en lugar de anularlo.

Al formar educadores en este nuevo enfoque, vemos que por coherencia es necesario que, desde su propia autenticidad, el educador vaya definiendo sus propios criterios, confiando más en sí mismo y en sus intuiciones que en referentes supuestamente “externos”, que acaban alimentando una profunda insatisfacción y sed insaciable de validación de nuestras actuaciones.

Sin embargo, reconocemos que existe una necesidad de saber al menos cuáles pueden ser los principios generales que sustentan esta nueva visión, saber cuáles serían las nuevas reglas del juego educativo desde el enfoque de la Educación Mindfulness Transpersonal.

Recogemos así una propuesta de decálogo que pretende ser ajena a la idea de “mandamientos”, y más cercana a una serie de sugerentes enfoques de atención que pueden guiar la ineludible indagación personal de cada educador.

Haremos una entrega gradual de los puntos de este decálogo orientativo en próximas publicaciones, de manera que el lector interesado pueda ir degustándolos con calma, acorde a la filosofía del mindfulness.

1. Educamos por lo que somos, aprendemos por lo que vivimos.

Educamos realmente desde todo aquello que realmente hayamos asimilado, comprendido e incorporado en nuestra forma de ser. No es la información acumulada en nuestra memoria lo que nos capacita para educar, en oposición al modelo educativo obsoleto en el que “el que sabe” traspasa su conocimiento al que lo ignora o carece de éste. A menudo el contexto educativo saca a relucir nuestras propias incoherencias y todos aquellos decretos inconscientes que conforman nuestra perspectiva.

Esto implica que, si estamos atentos y soltamos la necesidad egoica de encumbrarnos en supuestas tarimas de conocimiento, al tratar de educar podemos ser más conscientes de lo que desconocemos y de lo que quizás hayamos aprendido mal. Surge así la oportunidad para que el educador se reeduque al tiempo que redescubre la realidad con los ojos nuevos del educando. En lugar de anular la curiosidad del niño, se impregna de ella. El educador excelente es el que está abierto a reconocer lo que no sabe.

Más allá (o más bien más acá) de nuestra forma de ser, el educador transpersonal desarrolla la conexión con su más íntima esencia, libre de máscaras sociales. Una esencia intrínsecamente bondadosa, hermosa y auténtica desde la que surgen virtudes y valores hondos. Es esta conexión con el ser la que a su vez recuerda al educando su propia esencia. Desde esta perspectiva puramente transpersonal, educar se convierte en el arte de recordar conjuntamente lo que en realidad somos.

Por otro lado, observamos que las lecturas y ejercicios académicos tan solo aportan un conocimiento frío e intelectualista cuando no saben ponerse al servicio de la interpretación y significado del verdadero material educativo que proporciona la vida cotidiana, con toda su gama de frustraciones, anhelos, intereses y desilusiones. Las preguntas del educador enfocan y sostienen la atención dentro del complejo océano de señales que presenta la vida, de forma que puedan facilitarse tomas de conciencia significativas para el nivel de desarrollo de los implicados en el proceso de aprendizaje.

2. Mantenemos un profundo estado de presencia

En meditación entrenamos el volver una y otra vez de forma amable al presente y a lo que hay, gracias al enfoque en la respiración. La vida cotidiana, y en ella la labor educativa, se impregna de esta práctica de regreso al ahora.

Observamos cuándo nos estamos preocupando y dejando volar la mente hacia un catastrofismo ilusorio. Observamos cuándo nuestra visión está empañada y condicionada por lo que creemos saber del otro a la distorsionada luz del pasado. Y en ese mágico “darse cuenta” encontramos el umbral de vuelta al aquí y al ahora, libre de creencias limitantes y abierto al milagro de lo nuevo. Solo ahí, en ese instante atemporal, podemos estar plenamente disponibles para vaciarnos de nuestros prejuicios y de nosotros mismos, distanciarnos de las trampas perceptivas y así poder ver realmente al otro.

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José Miguel Sánchez Cámara

Psicólogo, Tutor de la Escuela y Educador Mindfulness

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