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Las 40 Puertas: PUERTA 38. El goce de crecer

Del libro Las 40 Puertas, de José María Doria

Si consideramos al ser humano como un «proceso» de optimización permanente, todo aquello que hagamos por favorecer el desarrollo estará en concordancia con lo que constituye su naturaleza. Es por ello por lo que el hecho de asumir la responsabilidad de cultivarnos y desplegar nuestros grandes potenciales supone la medicina existencial por excelencia.
Podría decirse que crecer y desarrollarse de manera integral es el remedio más eficaz para hacer cesar el sufrimiento. Sabemos que, estando atentos y observando nuestra mente, podemos desarticular las pautas de victimismo y dramatización que subyacen en quien se resiste, sufre y no suelta.

Al respecto, afirmó Einstein:
«Ningún problema puede ser resuelto en el mismo nivel de consciencia en el que se creó». ¿Acaso esta idea no resume nuestra intuición de que el crecimiento de por sí conduce a un nivel más profundo de libertad? ¿Quién no ha sentido gozo cuando, de pronto, se ha dado cuenta de que, ante la repetición de un obstáculo, responde al mismo de manera más satisfactoria que en anteriores etapas? Sin duda, tal progreso —entre otros aspectos, neurológico— es un logro que merece celebración y honra. El hecho de dejar atrás el enredo y consiguiente desgaste indica que hemos crecido y que somos capaces de dejar atrás rutas destructivas para emprender otras más sanas.

Nos gustaría no sentirnos víctimas de sentimientos tales como el temor, la anticipación ansiosa o la reacción automatizada. Sin embargo, no puede negarse que uno de los maestros más eficaces del crecimiento es el error cometido por nuestras reacciones automáticas y el doloroso examen posterior que convierte tal error en experiencia.

Sabemos que el universo está en permanente expansión. Toda partícula se mueve y progresa, nada se estanca. Al parecer, tras aquel Big Bang no hemos cesado de desplegarnos en espirales infinitas, da igual si creemos ir de ida o de vuelta.

El goce de crecer adopta muchas formas: el niño anhela ser mayor como lo son sus padres, le gusta que se mida su altura y comprobar que ha crecido hasta la «siguiente raya». El niño siente satisfacción también al dejar atrás la ropa que le va quedando pequeña. Más tarde, y siendo un joven, quiere madurar para adquirir experiencia; en realidad, desea disfrutar de la vida y gestionar con nuevos poderes las oportunidades que se le brindan. Por su parte, los seres ya maduros se recrean observando cómo pueden crear distancia con las cosas que antes les arrastraban, al tiempo que anhelan la felicidad para los demás, mientras ellos palpitan en la merecida paz alcanzada.

Todos queremos crecer. El desarrollo nunca acaba. Tras descubrirse el principio de neuroplasticidad cerebral, sabemos que nuestro cerebro puede crecer en neuronas y conexiones hasta el mismo día en que la vida del cuerpo acaba.

Nadie quiere ser un cerdo feliz, prefiere ser un Sócrates insatisfecho.

No queremos volver atrás aunque parezca más feliz nuestra anterior etapa. Aceptamos vivirnos desde ese yo que cada uno trae puesto, quizás porque se confía en que con el desarrollo todo pue- de ser posible por más inseguridades y carencias que hoy se tengan. Se diría que el río sabe que cada etapa del camino, cada cascada por la que fluye y avanza, está más cerca del mar. El ser humano, a su vez, sabe que cada día está más abierto a la luz de la consciencia, y eso, de alguna forma, confirma que en nuestro destino existen salidas internas que nos permiten superar toda circunstancia adversa.

Bien sabemos que el tiempo va a favor del progreso, aunque a veces no lo parezca; y también sabemos que el ahora del ayer nunca será mejor que el ahora del mañana. Acabamos por reconocer que, pasado un tiempo, «las cuentas siempre cuadran». Intuimos que lo mejor siempre está por llegar y que tal actitud nace del saber que no vemos las cosas como son, sino como somos. Si nosotros cambiamos, el mundo cambiará. Somos un proyecto ilimitado que, al igual que el árbol, cada año gana un círculo en su tronco y resiste mejor los vientos y las tormentas.

Estemos atentos. Recordemos de nuevo que, mientras podamos crecer, lo mejor de nuestra vida estará siempre por llegar, sea cual sea nuestra circunstancia. Podremos atravesar enfermedades y pérdidas, podremos envejecer y asistir al decaimiento de capacidades… Sin embargo, conforme relativizamos al yo, sucederá que la alegría de vivir y la paz profunda ocuparán cada vez más espacio en la vida interna.

Alguien dijo: «El pobre desea riquezas, el rico ansía el cielo y el sabio, tan solo una mente sosegada». Al final, el propósito del crecimiento es dejar atrás las defensas que construimos frente al amor, un amor que somos en esencia y que nada ni nadie nos puede dar ni quitar; un amor que constituye nuestra identidad profunda, que, cuando se descubre, ilumina y libera.

El hecho de crecer supone desplegar atención sostenida al dentro y al fuera. Se trata de un milagro de vida que se produce al devenir conscientes y descubrir las capas que velan lo que somos en esencia. En realidad el desarrollo transpersonal conlleva un tipo de crecimiento que va más allá del pensamiento y las palabras. Un entrenamiento que se nutre del silencio y la práctica de la atención plena. Se trata de un desarrollo de la autoconsciencia que, a su vez, «ensancha la olla interna» lo suficiente como para sostener una mirada incluyente y comprender mejor lo que le sucede a nuestra persona.

La apuesta por crecer en el autodescubrimiento y la comprensión no solo es un goce, sino también el antídoto por excelencia a nuestras miserias humanas.

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